martes, 30 de agosto de 2011

Manzanas - Capítulo 33 - Positivismo



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Me llamo Ivo, soy una manzana de 25 años, estoy en el paro y mi novia me ha dejado.
Es una putada ¿no?
Pues para colmo quiero encontrar el amor y las cosas no están precisamente bien en el mundo. Mi mejor amiga Blanca también anda al acecho y no hace más que darse de bruces con la misma realidad que yo, Elena se ha ido a vivir con su novio (al que odio), Estefanía solo quiere amor "líquido" y Ricardo va viento en popa con una nueva relación.
Pero todo puede cambiar con una mentalidad decente, y abrirse al mundo y a las relaciones nuevas.

Esto es ¿Con quién se acuestan las manzanas?, una comedia sobre el desamor en tiempos de acidez.
Todos los capítulos anteriores para su goce y disfrute aquí 


33
Positivismo

No hay nada como volver a la vida tras un periodo de mierda. Te sientes rejuvenecer, lleno de energía y con ganas de comerte el mundo. Aquella noche le di mil vueltas a la cabeza pensando todo lo que haría al día siguiente, no es que no durmiera, que eso lo hago a la perfección, pero por primera vez en muchísimo tiempo puse el despertador.

Así que en cuanto sonó me preparé y me cargué de optimismo. Me sentía como una mujer con la regla en un anuncio de compresas. Todo era felicidad.

Mi plan matutino consistía en lo siguiente: ir al INEM a preguntar por los cursos gratuitos (alguien me habló de algo de eso), desayunar y apuntarme al gimnasio. Por alguna razón misteriosa mi peso ha ido subiendo y me encuentro en la frontera de los 70 kilos, lo cual empieza a ser peligroso y sospechosamente semicircular.
No pasa nada, voy a comer sano también.

Mientras espero a que me toque el turno en el maravilloso (y poblado) mundo del paro me siento como en American Beauty. Hoy es el primero del resto de mis días.

Me aburro.
Miro a izquierda y derecha, me quedo mirando las sillas de la sala de espera, qué cosas, tienen su respaldo y todo.

Me aburro.

Me dedico a contar las circunferencias de mi huella dactilar.

Me mareo y lo dejo.

Siento como una alerta en mi sentido arácnido, seguro que alguien me está mirando. Efectivamente un señor con más pendientes que agujeros me mira con cara de ¿dónde va el pijo éste?

Los números van lentísimos… me voy a desayunar.

El caso es que es complicadísimo ir a pedir algo de desayunar si estás de régimen, más que nada porque nunca he hecho uno y no sé que es lo que hay que pedir ¿ensalada? ¿queso de Burgos? ¿Es en realidad el queso blando de Burgos? La gente que conozco de allí no es que lo tomaran mucho, por su aspecto más que nada, ¡buah! seguro que lo untaban en morcilla.

Joder, mantener una vida sana, positiva y de mantenerte activo es mucho más aburrido que tirarte el día en casa levantándote a la una.

Decido empezar la dieta tras el desayuno, como despedida de la comida rica: un cola cao y un croissant con mantequilla y mermelada de fresa.
Vuelvo al paro y ya casi me toca.

Todo empieza a hartarme, sobre todo cuando llego a la mesa que me llama y un fulano me dice que se ha equivocado y le ha dado sin querer, que es su turno de descanso. Es curioso lo de España te pasas la vida queriendo trabajar y cuando lo consigues lo único que quieres es escaquearte.

Así que me toca quedarme ahí entre las mesas como en medio del limbo y preparado para saltar al hueco vacío más próximo antes de que toquen el botón. En cuanto vi movimiento me acerqué a una mesa y le expliqué lo del botón y el número. Recibí una mueca de desagrado.

Le expliqué lo de los cursos y me regaló otra amable mueca de desagrado una amargada que se pensaba que eso de trabajar no era en serio. Quizás me esté cebando con esta gente, pero… pero nada ¡qué coño! Se lo merecen por cabrones.

Me tocó apuntar ahí a la carrera cinco códigos de cursos que me interesaran y algunos eran muy confusos del tipo “Italiano básico”, y en la descripción: “esencial conocimientos de italiano”. Quiero decir ¿para qué va a apuntarse nadie a italiano básico si ya sabe hablarlo? Me dan una tarjetilla y me voy convencido de que no me van a llamar de nada de eso en la vida. Vaya manera de perder la mañana.

Giro al Corte Inglés y me pongo a comprar como un loco cosas sanas, nada tiene buen aspecto y se parece al alpiste que le daba a mi periquito de pequeño, pero al menos adelgazaré…
Cuando pago me doy cuenta de una cosa: Comer bien sale caro.

Me compro una revista de corazón porque regalan el “pañuelo de las celebrities”, ese se le endoso a mi madre en plan hijo bueno y así como allí. Mientras voy en el autobús y leo la revista me pregunto si existirá un máster para escribir en las revistas del corazón, la que estoy leyendo es genial tiene fotos grandes y poco texto. Además casi todo es un proceso de inventar lo que sucede observando una foto en la que casi no se ve nada interesante.

Por supuesto mi madre se alegra de verme y me pone unos huevos con patatas que dan al traste mi idea de dieta. Le encanta el fular o pañuelo de las celebrities y me dice como que no quiere la cosa:

-Hijo, me tienes preocupada
-No pasa nada, estoy bien. Es más hoy me encuentro con energías renovadas y he comprado comida sana y soja y batidos nutritivos y esas cosas.
-Lo ves…
-¿El qué?
-Que haces cosas muy raras y que me preocupa que no sientes la cabeza
-¿Sentarla? Si casi no he conseguido levantarla, dame un tiempo
 -Siempre con esas cosas no vas a llenar nada
-¿Esas cosas? ¿Qué cosas?
-Pues tu vida, rodeado de chicas que hacen sus vidas y sin presentarme a nadie… Me preocupas
-No lo hagas. Siento que todo va a cambiar
-Tienes que poner de tu parte para ello

Decidí pasar del gimnasio para otro día. Las cosas no se pueden hacer así de golpe, hay que ir consiguiéndolas poco a poco. Pero por primera vez en mucho tiempo no me sentí deprimido, ni hundido, ni constipado (que vaya veranito que hemos pasado) y tampoco sentí la necesidad de hablar por teléfono para que me animaran. Por primera vez en mucho tiempo me di cuenta que me tenía a mi mismo frente al mundo.
A mí y a un montón de comida que me da pereza mirar y colocar.

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