Menuda fecha para los románticos.
Pero este año tengo un propósito que se basa en organizar un evento en el que pueda modelar a mi actual pareja para que sea más afín a mí, bueno, más afín al resto de la humanidad y pueda comer sin que se vea todo lo que se ingiere.
El plan es el siguiente: para que nadie sienta que estás tratando de cambiar a nadie (ese rollo de “te quiero tal y como eres” que puso de moda “El diario de Bridget Jones”), se supone que hay que hacerlo de manera sutil y yo voy a idear un juego erótico que con la excusa de San Valentín puedo introducir en la rutina habitual (que por otro lado es maravillosa).
Por la mañana, tras la llamada de rigor, fui al supermercado a comprar nata. Hay algo en los supermercados que me hace adorarles, sobre todo cuando voy viendo distintos productos a mi aire.
Una vez estuve cerca de media hora oliendo botes de champú pensando con qué ropa me quedaba mejor cada olor.
Por ejemplo, la gama Garnier queda mejor con algo de vestuario tipo casual para todos los días, cuando te arreglas es mejor L´oreal, para ir a la cama el Johnson and Johnson… Sé que es un poco el arte de conjuntar la ropa al cuadrado, pero esa serie de cosas me hace la vida más entretenida. Y si todo el mundo se preocupase en crear el efecto 4D, con olores apropiados, los bares no tendrían el olor que tiene desde la ley antitabaco.
Al entrar en el supermercado soy como un niño en una tienda de caramelos, me encanta mirar por las cosas que están en la estantería a pie de suelo porque siempre está lo más raro que nadie come o utiliza y me permite probar desafíos.
En términos realistas, siempre termino comprando un montón de mierda que nunca utilizo.
Al final el ir a comprar dos botes de nata terminó convirtiéndose en 40 euros de compra. Pero es comida, eso no cuenta como gasto sino como primera necesidad.
Y el sirope de arce tiene que estar muy bueno con tortitas.
Aunque no sé hacer tortitas.
Bueno para algo se me ocurrirá.
El frasco es la leche, así que lo reutilizaré aunque no me tome el sirope. Ha sido una compra válida y necesaria.
A la noche llegó Carolina dispuesta para cenar mi especialidad: Un Sandwich.
Que conste que sé hacer más cosas y tengo buena mano para la cocina, pero lleva demasiado tiempo y, sinceramente, si tengo que conjuntar hasta el champú no lo hay para recetas selectas.
Además es uno de los prototipos machistas que puedo explotar. No digo que esté a favor de él, pero sí que es cierto que una mujer que no sepa cocinar es una mala ama de casa y da cierto aspecto de dejada de la vida, y un hombre que no cocine es algo aún “normal”.
Por eso cuando cocinamos algo bien preparado los tíos ya nos salimos del mapa, hay que saber jugar esa carta en el momento apropiado.
Por eso hoy Sandwich.
Por primera vez en mucho tiempo me puse nervioso. Mi juego tenía que salir bien para ayudarme a saber si seguir con esta relación o no.
Cuando terminamos esa cena tan romántica basada en Sandwiches (“es que yo siempre estoy lleno de tu amor” dije cuando puso cara de ¿Qué clase de cena es ésta?) pasamos a la acción.
Y por acción quiero decir sexo.
-Tengo una sorpresa- dije como si no lo hubiera ensayado- Por ser San Valentín vamos a hacer algo diferente ¿qué tal jugar con la nata?
-No me gusta la nata
Mierda
-Pero… no te gusta la nata porque no la has probado conmigo
-No, porque no me gusta la nata.
Mierda. Mierda. Mierda.
No había preparado plan b.
En ese momento me di cuenta que mi juego era un poco malo.
Fui a la cocina a ver qué se puede comer en el cuerpo.
Imaginé que no la gustaban los huevos crudos y el frotarnos de chorizo no me parecía muy erótico.
-¿Te gusta el sirope de arce?
-No lo sé, ¿a qué sabe?
-¿No has probado el sirope de arce? –dije como el que toma sirope de arce a todas horas- Esto se tiene que arreglar.
Entonces eché un chorro de sirope de arce. El caso es que el bote de sirope de arce es tan guay, todo ello metido como una cabeza de arce de cristal y una asa que hace que se te desvíe la atención de cualquier pensamiento de que sea tan… pegajoso.
-Un segundo –dije en un momento de lucidez- se va a poner todo pringado, ayúdame a cambiar las sábanas.
-¡Venga ya!
-¡Son Ralph Lauren! –Y es verdad que lo son- Cuestan más de lo que ganas en tres semanas.
Y lo valen.
Así que nos pusimos a mudar la cama con otras sábanas.
Cuando terminamos fue hora de echar mano del sirope de arce.
Lo siento por todos aquellos que disfruten sin medida de comer manjares en cuerpos de otras personas, pero lo que en la película era un acto distinguido, sofisticado y elegante, con el sirope no paso de ser una marranada digna, como mucho, de película inclasificable de serie b.
Además me daba cierto repelús higiénico, con lo cual, me podéis llamar antiguo, pero después de preparar ese panorama pringoso y repugnante me sentía incapaz de aleccionar a nadie sobre modales con la comida.
Así que mi resultado de San Valentín fueron 40 euros menos, quedar como un pijo desatado y uno de los actos sexuales más incómodos, penosos y pringosos que he tenido en mi vida.
De hecho mi San Valentín fue tan torpe que me sorprende que Carolina se quedase a dormir, la verdad es que tampoco me apetecía demasiado que lo hiciera, pero, al menos San Valentín cumplió el objetivo de ser una fiesta empalagosa, pegajosa y no apta para diabéticos.

jajajaja XD me parto con el momento "nata fallido" y el chorizo...si te sirve de consuelo, sinceramente creo que todos hemos pasado por el momento "sirope" y me atrevería a decir que casi nadie repite jejeje porque es una guarrería, pero hay que reírse! el momento se puede convertir en algo tan absurdo (a la par que guarro o penoso...) que lo mejor es ver que tiene su gracia...que la tiene.
ResponderSuprimirSaludos :)